Andrés Soria Ortega
(1922-2007)

Nace Andrés Soria Ortega el 15 de enero de 1922, en Granada. Y el hecho, trasciende la contingencia de lo puramente espacio-temporal no sólo por lo que puede significar para la conformación de un carácter en un entorno concreto, con sus específicas peculiaridades y su particular manera de encarar el mundo, sino sobre todo como impulsor de tendencias y vocaciones que entrañan toda una dedicación. Efectivamente, Granada y su toponimia urbana, sus fiestas y los personajes vinculados a la ciudad constituye uno de los ejes centrales de sus inquietudes y dedicación literaria, como él mismo deja bien claro en su discurso de entrada en la Real Academia de Bellas Artes Nuestra Señora de la Angustias «Algunas notas literarias y artísticas de la Granada de los años veinte», contestado por el que fue su maestro, el profesor Emilio Orozco, a través de la palabras del prestigioso arabista fray Dario Cabanelas, en 1987. Ya su primer trabajo, de 1943, «Poema y ballet de Andalucía», estaba centrado en la figura de Manuel de Falla, y a este mismo personaje, tan vinculado con la ciudad, volvió a dedicar otro artículo de 1973, sobre «De los años granadinos de Falla». De 1949 es su estudio «Ganivet y los costumbristas granadinos», fundamental también para conocer la vida literaria de la Granada de finales del XIX. Poco posterior, 1951-52, es su «Ensayo sobre Pedro Antonio de Alarcón y su estilo», autor de quien también realizó la edición de El sombrero de tres picos, y una selección de las Historietas Granadinas. De 1978 es su artículo «García Lorca y Granada». También prestó su atención a personajes como Torres Balbás («Torres Balbás y el ambiente cultural granadino de los años veinte») o Hermenegildo Lanz, enmarcado en «la Granada de su tiempo». De 1954 es su monografía sobre El Gran Capitán en la Literatura. Y, por supuesto, la Alhambra: «De la Granada romántica y de la Alhambra (Páginas de un Album)», «La Alhambra de Victor Hugo» o la introducción a los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving.

Pero esta vocación localista hacia lo más próximo y sentido no le impidió nunca levantar el vuelo hacia horizontes más amplios, donde expandir su desbordado impulso de conocimiento. A ello ha debido contribuir de manera muy decisiva su entusiasta vocación por la lectura. Comentaba en este sentido Emilio Orozco que don Andrés Soria era sin duda uno de los profesores que más había frecuentado la Biblioteca General Universitaria, con independencia de la Biblioteca Pública, la de su Facultad de Filosofía y Letras o la de la Escuela de Estudios Árabes, pues antes de realizar la licenciatura en Románicas también se había licenciado en Semíticas, otra de las especialidades de especial raigambre en Granada. Es precisamente esta insaciable vocación lectora la que explica la enorme cantidad y calidad de citas en sus trabajos, así como las numerosísimas reseñas bibliográficas que jalonan su dedicación investigadora. Don Andrés Soria fue ante todo, y tal vez por encima de todo, un humanista; un espíritu cultivado por sus numerosísimas lecturas que fue capaz de interesarse, con fina sensibilidad y un sentido muy ajustado de la elegancia, que le acompañó toda su vida, por los campos más diversos, donde su fina agudeza intelectual ajustaba la óptica para descubrir siempre los aspectos más relevantes y significativos.

Fue probablemente Emilio Orozco quien le contagió su fervor por la época barroca y le orientó para que hiciera su tesis doctoral sobre un género tan poco atendido por la crítica, a pesar de su importancia en ese periodo, como la oratoria sagrada, y de manera particular sobre la figura de Fray Manuel de Guerra («El Maestro Fray Manuel de Guerra y Ribera y la oratoria sagrada de su tiempo», 1950). A este género dedicó otros trabajos posteriores como «La predicación de Pedro de Valderrama» (1984) o «Confluencias en la oralidad: romancero y sermonario» (1989).

Pronto consigue la plaza de Profesor auxiliar de la cátedra de Literatura Española de la Universidad de Granada. Pero su inquietud lectora e investigadora, unida sin duda a su vocación romanista le hicieron solicitar una beca del Consejo Superior de Investigaciones Científicas para estudiar un año en Roma (fruto de esta estancia es, entre otros, su trabajo sobre Los humanistas de la corte de Alfonso el Magnánimo (según los epistolarios), publicado por la Universidad de Granada en 1956), y otra de la Fundación Rodríguez Acosta, un año después, para hacerlo en París. En 1985 tomó posesión de la recién creada cátedra de Historia de las Literaturas Románicas de la Universidad de Granada, cuyo XXV aniversario supuso un Homenaje al Profesor Soria, preparado por el profesor Jesús Montoya y yo mismo, fruto del cual fue la publicación de dos volúmenes de Estudios Románicos (Estudios Románicos dedicados al Prof. Andrés Soria Ortega, J. Montoya y J. Paredes ed., Granada, Universidad, 1985), en los que participaron los más prestigiosos especialistas en ámbitos tan diversos como las literaturas románicas, medievales y modernas, la lingüística, la lexicografía, la crítica textual, etc. Prueba de la amplitud de su inquietud investigadora, como los son también sus numerosas traducciones, en particular de los estudios de arte para la colección italiana Forma y Color, en la edición española de la editorial Albaicín; sus trabajos sobre Historia del Arte, como «Notas sobre el centenario de Hipólito Taine (1828-1893)» o «Sobre biografismo de la época clásica: Francisco Pacheco y Paulo Jovio», artículo este último que pone de manifiesto otro de sus centros de atención: el biografismo, abordado también de forma más general en «El biografismo y las biografías: aspectos y perspectivas» (1978), o la diversidad de un volumen recopilatorio como De Lope a Lorca y otros ensayos (Granada, Universidad, 1981), en el que se recogen trabajos sobre Lope de Vega, García Lorca, Ganivet, Bécquer y Dante, Louis Aragon y la Alambra, Croce, Salvatore Quasimodo o sobre la Granada romántica o la poesía y los poetas italianos del Novecientos.

Con motivo de su fallecimiento el 12 de julio de 2007 publiqué una nota, en la que, desde el cariño y la admiración, resaltaba de manera muy especial su extensa cultura y su particular elegancia, y lo calificaba de Maestro, con las mismas palabras con que ahora quiero terminar esta laudatio: «Maestro, usted nunca muere. Pertenece a esa estirpe de profesores que han hecho de su vida un ejemplo a seguir, una íntima comunión de sabiduría, magisterio y entrega».

Juan Paredes